• Maravillas de una Costa Salvaje

    Cómo no podría tener Sudáfrica su lado salvaje. Por supuesto que lo tiene, la Wild Coast, entre East London y Trafalgar. Cómo no empezar su recorrido de la mejor manera, bajo una noche de tormenta, por un camino pedregoso y solitario, con destino a un lugar perdido en medio de la nada: Bulungala.

    Por vez primera conducíamos por un camino de tierra en medio de la noche. El GPS señalaba la ruta, mientras las condiciones se volvían cada vez más dificultosas. Habíamos llegado a un cruce de río, donde según nuestros sentidos, se nos haría imposible cruzar. A 140 km de la llegada, y con un cuarto de gasolina en el tanque, tuvimos que tomar una decisión: regresar o continuar sin importar las consecuencias… ¿Resultaba del todo emocionante quedar varados en medio de la oscuridad, en una tierra donde la distancia de las lucecitas que brillaban a lo lejos, parecía interminable?

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    Después de pasar la noche en Mthata, una ciudad de tipo rural, decidimos volver por nuestro cometido, recorrer la Wild Coast y conocer la otra cara de África, la de las poblaciones locales ancestrales (cuando hablo en plural es porque tenía compañía a mi lado).

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    Qué diferente resultó ser este sector del país de lo que había visitado. El área rural parecería ser interminable; zonas amplísimas desprovistas de toda presencia humana, salpicadas de vez en cuando por las chozas cilíndricas de la población, que seguramente tomará horas en movilizarse (cuento 20 las personas que subieron al auto al hacer señas para que los lleváramos). Aquí descubrí lo que en el Cabo Oeste ya se manifestaba, la realidad de la población negra mayoritaria, escasez de educación, de transporte, alimentación y recursos. Nada comparado con las ciudades para blancos.

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    En Coffe Bay (un recuerdo de la Montanita ecuatoriana de hacía años) sentí lo que significa que la gente dependa de otros para sobrevivir. No había momento en que me topara con algún niño, en que no me pidiera algo: “Give me 2 Rand” fue la frase que escuche con frecuencia.

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    A parte de eso, de la escasez, el lugar es paradisíaco. Los acantilados al pie de un océano azul turquesa,  las playas donde se pasea el ganado, las colinas de pasto verde y algunos bosques escasos que sobresalen. Vivir ahí es encontrar el lugar perfecto para relajarse. Seguramente por eso Mandela escogió ese lugar para retirarse de presidente (Qunu es la villa donde está la que fue su casa).

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    Si solo las condiciones de la población mejoraran. Millones que aún no alcanzan el nivel de calidad de vida que se debe considerar, al menos, como saludable. Mal nutrición, dientes desgastados, barrigas hinchadas de parásitos. El sueño de aquel hombre por una tierra justa y equitativa aun no se alcanza.

    Quizás por eso la naturaleza se encarga de crear condiciones que alegran. Para al menos disfrutar de lo que sin dinero puede apreciarse.

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    La Wild Coast es completamente diferente a la Garden Route y a los Cabos. Sin mayor infraestructura, ni actividades turísticas de alto nivel, cuenta con mucha menor cantidad de turistas que ellos (lástima de lo que se pierden los que se quedan por esos lados). Lo que si se ve por cientos es la población local y poco a poco la muestra de su cultura, lo más interesante de África. Ahora sigo de camino a Isithumba; a una comunidad Zulu me espera en las montañas.

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